Píramo y Tisbe : una historia de amor desgraciado.

Píramo y Tisbe : una historia de amor desgraciado.
Como sabemos, Ovidio nos relata en el libro IV de las Metamorfosis (vv.55-166) la desgraciada historia de los amantes Píramo y Tisbe, acaecida en Babilonia (la alta urbem) . Píramo, el iuvenum pulcherrimus , y Tisbe, la quas Oriens habuit, praelata puellis, serán víctimas primero de la incomprensión paternal y más tarde de una fatal confusión. Lastimoso final para unos jóvenes tan agraciados, peculiaridad que acentúa su dramatismo. Ya se sabe que los amores furtivos deben soportar su dosis de riesgo , pero algunos acaban con un happy end. Éste, como sabemos, no es el caso.
La desdichada historia ( que, según algunos, proviene de Oriente) dejó sentir su influjo en Chrétien de Troyes, Boccaccio, Chaucer y Shakespeare. Poussin y Lucas Cranach plasmaron su parte más patética (al igual que las pinturas murales pompeyanas), pero Luis de Góngora se mofó del episodio “con todas las de la ley”, a diferencia de las décimas de Tirso de Molina, mucho más dramático :
Tisbe amorosa, Tisbe dueño mío,
A tu Píramo espera, ya te sigo,
tu esposo te va a ver, si le recibes,
no quiero yo más vida que a mi Tisbe.
En cambio, Góngora , un escritor que se acerca al legado clásico casi sin respeto (semejante al Marte de Velázquez), afirma al final de “Ándeme yo caliente y ríase la gente” :
Pues Amor es tan cruel
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.
Aunque en su Fábula de Píramo y Tisbe ya escribió cosas como :
La ciudad de Babilonia
--famosa, no por sus muros
(fuesen de tierra cocidos
o sean de tierra crudos),…
Y un poco más adelante :
Píramo fueron y Tisbe,
los que en verso hizo culto
el licenciado Nasón
(bien romo o bien narigudo)…
Y es que al legado clásico se puede uno acercar de diversas maneras y con intenciones dispares. Precisamente ello se puede hacer por su propia naturaleza, que aguanta de igual modo una lectura satírica o moralizante. Ésa es una de las virtudes de “lo clásico”.





